La Losilla y San Adrián

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El balneario de San Adrián

Quizás, una forma original relatar la historia de las Caldas de San Adrián, sea acudir a las estrofas que otrora figuraban impresas en una cuartilla de papel fijada en la puerta principal del balneario. Veamos lo que en las mismas se podía leer para posteriormente analizar su contenido:

CALDAS DE SAN ADRIÁN

Cuando nuestra amada España
fue presa de los Romanos
ya estaban en grande uso
los baños de San Adriano.

Cuando nuestra Reina Urraca
imperaba en este Reino
ya se usaban estas aguas
como un eficaz remedio.

Paralíticos y enfermos
reumáticos y baldados
aquí encuentran su remedio
quedando muy pronto sanos.

Y la Reina con sus hijas
venía por los veranos
a bañarse en estas fuentes
dándola un buen resultado.

Ella en agradecimiento
levantó aquí un gran palacio
y una iglesia a nuestra Virgen
la Virgen de Somerado.

Después los frailes de Eslonza
se hicieron de ello los dueños
en donación que les hizo
doña Urraca, por ser buenos.

Vinieron después los tiempos
de grandes revoluciones
que quitaron a los frailes
todas estas posesiones.

Y así se acaba la historia
de estos baños tan nombrados
que pasaron desde entonces
a otros dueños y otras manos.

Solo quedó para el pueblo
la Virgen de Somerado
que doña Urraca y sus hijas
en recuerdo nos dejaron...

(Tradición popular)

Aunque no tenemos constancia de que en época romana ya se utilizasen estos baños (si bien la sospecha es evidente), en la Edad Media se hace mención de los mismos con bastante asiduidad. En algunas ocasiones ligados al monasterio de San Adrián ("situm in territorio Balneare"), en otras al monasterio de San Salvador ("cuius bassilica fundata est in territorio Balneare") y a veces aludiendo a las propias aguas ("katicas", "calidas aquas",...).

No obstante, se debe hacer un análisis especial de lo que la tradición oral nos cuenta sobre la persona de doña Urraca y sus hijas, las infantas citadas en los versos. Según la leyenda, la vez primera que acudió al Convento de San Adrián y sus baños, le pareció tan excepcional el paisaje contemplado y la calidad de las aguas que mandó edificar un palacio al pie de las fuentes. Así, cada verano regresaba al lugar para disfrutar de nuevas sesiones de balneoterapia y aún se conserva, según se dice, la fuente o pila que utilizaba para estos menesteres. Es la fuente que llaman de Doña Urraca.

Al parecer, en uno de esos periodos de estancia de doña Urraca en San Adrián en compañía de sus hijas, surgió una discusión entre ellas sobre cuál de las dos debía hacer primero su entrada en el templo de Nuestra Señora del Somerado. La insigne madre trató de solucionar el problema proponiendo turnos alternativos. Pero esta propuesta no logró contentarlas, por lo que tuvo que poner el asunto en manos del Abad y los monjes. Estudiaron el caso con detenimiento y se les ocurrió la curiosa idea de abrir otra puerta de acceso en la parte del norte. De esta forma cada una haría su entrada y salida en la iglesia de forma independiente.

Con esta medida, se dice que lograron serenarse los ánimos de ambas hermanas, quienes así lo hicieron constar en un documento otorgado ante el Abad y sus monjes.

Sin embargo, estos acontecimientos no logran superar la prueba de lo que nos aportan los documentos históricos. Así, la dueña y señora del monasterio de San Adrián y de sus posesiones no fue otra que doña Urraca, hija de don Fernando I y hermana de Alfonso VI. A ella pasó el cenobio por derecho hereditario, conforme se desprende del contenido de la Carta en la que dona el mismo al monasterio de Eslonza en 1099. Esta doña Urraca no llegó a casarse nunca y tampoco fue reina sino infanta de Zamora (aunque a veces se la llegó a titular como Reina, pero siempre desde un punto de vista de linaje). Sus restos yacen en el Panteón de San Isidoro. Por ende, esto no concuerda con las referencias que aparecen en los versos de la tradición oral.

Para que esta leyenda se aproxime a la realidad, la reina a la que se alude tendría que ser otra doña Urraca: la madre de Alfonso VII El Emperador. Esta sí fue reina de León en los principios de la centuria duodécima hasta el año 1126 además de verse favorecida con numerosa descendencia femenina. Pero no tenemos constancia escrita de que tuviera intervención en los Baños de San Adrián y en su monasterio. Quizás se desplazase hasta Las Caldas para aliviar alguna de sus dolencias corporales, dado que padecía una enfermedad que denominaban "brazo seco".

Por tanto, los baños de San Adrián pertenecieron al monasterio de Eslonza desde 1099 hasta la época de la desamortización de Mendizábal (1834-1854) en la que pasó "a otros dueños y otras manos".

Al parecer, y según el farmacéutico Antonio Chalanzón, quien visitó en 1818 las instalaciones, los benedictinos de Eslonza tenían la fuente y nunca mejor dicho, dejada de la mano de Dios. Según cuenta, luchaban contra las serpientes poniendo en grave peligro sus vidas y para bañarse habían de hacer hoyas en la tierra. Es lógico pensar que exagerase un poco los acontecimientos, por lo que daremos por bueno el proverbio que dice que toda exageración es una verdad agrandada.

No obstante, con fecha 26 de julio de 1819 en visita realizada por el Abad de Eslonza, fray Gregorio García Hermida al Priorato de La Losilla y San Adrián, entre otras cosas dice: "primeramente mandamos al padre vicario ponga exactamente en cuanto las cantidades que reditúen los baños de las caldas de San Adriano, propias del referido nuestro monasterio y los emplee en limpieza y perfección de los expresados baños exclusivamente para satisfacción del público y en beneficio de los enfermos que a ellos concurran" (Archivo Parroquial de La Losilla).

A mediados del siglo XIX, adquirió la propiedad del inmueble con las aguas Santiago López, un vecino de la ciudad de León, que remodeló por completo el edificio construyendo "cuartos con bañeras de mármol, una hospedería con habitaciones amuebladas y provee a los bañistas de todo lo necesario para su alimentación". Asimismo, promocionó el establecimiento insertando anuncios en la prensa local y nacional.

Anuncio del balneario

Pero a la muerte de este, el balneario pasó en propiedad a José Damián García, quien, debido a sus quehaceres como labrador (poseía un importante capital agrícola y ganadero), no logró prestarle la atención requerida al establecimiento. Así las cosas, decidió vender la finca y los edificios a Eugenio Villa, un hombre que había trabajado para él como bañero y Nicanor García (“el tío Nicanor”) quien pronto se desvincularía de la gestión. Tras realizar importantes reformas y promocionar las aguas debidamente, el antes bañero, alcanzó su ansiado propósito: convertir a San Adrián en un famoso balneario.

Posteriormente y ya en manos de su hijo, Florentino Villa Alonso, las caldas alcanzarían su máximo apogeo, por lo que tuvo que ampliar el edificio y en torno al año 1940 se construyó una nueva parte que cubriría los servicios tanto de balneario como de hotel.

Anuncio del balneario

Sin embargo, con la falta de Florentino, los herederos no consiguieron ponerse de acuerdo agravándose la situación por la propia crisis del termalismo, con lo que se optó por el cierre definitivo.

Anuncio del balneario

Finalmente, en la última década del siglo XX, se perfiló un ambicioso proyecto para su rehabilitación, que incluía también la creación de una planta de embotellamiento de agua, pero la falta de financiación dio al traste con el mismo.

Con respecto a las características de las aguas que emanan de sus tres manantiales, se debe decir su temperatura es de 31-32 grados centígrados y fue Calixto de Rato y Roces quien estableció la denominación de bicarbonatadas-cálcicas, oligometálicas termales. Esta composición hace que sean apropiadas para las dolencias reumáticas y que tengan efectos beneficiosos sobre el aparato urinario. Asimismo, son de un gran valor digestivo, abriendo el apetito y atenuando los sufrimientos nerviosos gástricos y ulcerosos.

Si bien en el siglo XIX la asistencia media anual no alcanzaba los 200 enfermos, debido fundamentalmente a las carencias e incomodidades del balneario, esta situación cambió a lo largo de la centuria vigésima llegando a llenarse por completo. Los bañistas se tenían que alojar en las fondas de los alrededores e incluso en las casas del pueblo. No es extraño oír a nuestros mayores hablar con nostalgia del coche del balneario, que todos los días efectuaba dos viajes a la estación de La Losilla para esperar a los aquejados bañistas.

Foto antigua del balneario